27/5/09

LA TRAGEDIA DEL LIMÓN DULCE

Puede que no sepa distinguir el sabor de una oreo original a una hacendado. Puede que tampoco entienda la diferencia entre el kétchup y el cátsup. Me pasa con la comida y me pasa con muchas otras cosas. Pero eso sí, si una cosa tengo clara, es saber que la tragedia del limón dulce és no sentirse correspondido. En una sociedad cítrica no está bien visto ser diferente a los demás. La última vez que un grupo minoritario había conseguido la igualdad fue la agrupación de limas, fueron muchos años los que las limas tuvieron que vivir a escondidas, reprimidas por el sector mayoritario. Pero esta historia no habla de una lima sino de un limón. Un limón del cual podríamos decir que suele sentirse, con frecuencia, un poco lima. Alex, que así se llamaba nuestro marginal amigo, vivía en un estudio céntrico de Jugolosa y solía pasarse los días paseándose por aquel cuchitril en calzoncillos y calcetines. Hacía demasiado tiempo que no tenía una cita y debía prepararse para esa noche, pues a pesar de todo pronóstico Alex se había atrevido a invitar a una encantadora limona a cenar con él. La conoció por un anuncio en el periódico y debía estar atractivo para esa cita. ¡Por todos los pomelos! Pensó al verse reflejado en el espejo del baño. Sin duda le hacía falta pelarse esa barba que brotaba de su amarillenta piel. Tras pelarse con una navaja, se dio una ducha y luego se perfumó con extracto de limoncello. Eso no podía fallar… las volvía locas… y aquella jugosa limoncita le inspiraba mucho. Sería, sin duda, capaz de dejarse exprimir por cualquier Taurus por una fémina de esas características. Pero aún así debía controlar sus emociones, la vida ya antaño se había cebado con él. Recordó mientras se dirigía al coche. Se ajustó la corbata, se metió la camisa dentro del pantalón y subió en el vehículo. No tardó en encontrar un aparcamiento cercano a la casa de ella, pues ahí se iba a celebrar la velada. Antes de ir a su portal decidió parar en el paki de al lado a comprar un vinito. Una botella de Marqués de Limoneras siempre está bien. Al menos, podía asegurarse que la noche iba a acabar bien. Luego se dirigió a su edificio y picó al 3º3ª. Si no se lo había apuntado mal tenía que contestar alguien. Nadie contestaba. Esperó diez segundos y volvió a picar al botoncito. Knneeh. Alguien abrió. Alex subió hasta el tercero porque el ascensor, según decía un cartel, estaba fuera de servicio. Cuando llegó a la planta correspondiente vio que la puerta estaba entreabierta y entró. Era, sin duda, una casa decorada nefastamente con las paredes y las puertas pintadas de colores chillones y llena de muebles incapaces de crear una ínfima harmonía visual. Pero intentó que ese estúpido detalle no le influyese a la hora de conocer a la dueña de la casa sin rencores psicodecorativos. El tímido cuerpo de una bonita limona asomó por la puerta de lo que parecía la cocina. -Un momento, estoy terminando de preparar la cena… Deja tus cosas encima del sofá…- Dijo con voz amable. Alex dejó su chaqueta tal y donde ella había dicho. Luego se dirigió a la cocina. -¿Habíamos dicho a las nueve, verdad?- Dijo mirando su reloj en el que marcaban nueve en punto. –Si… Si... pero he tenido que ir a comprar hojaldre a última hora al súper porque necesitaba más de lo que había calculado…- Alex al verla sintió como de repente se ponían duras sus pepitas. Luego, disimulando, le preguntó que cual era el menú. Ella con una sonrisa le contestó que el menú consistía en un extracto de mineral al pesto, y de segundo una porción de H2O con guarnición. Un menú a la vista bastante completo. -¿Entonces para que necesitabas tanto hojaldre?- Preguntó Alex. -Para el postre -contestó ella –. Espero que te guste la tarta al limón…- Alex se quedó de piedra al escuchar aquello. - ¿Tarta al limón? ¿Tan ácido? ¿No será de digestión pesada?-. – No… és tarta al limón dulce…- De la nada, detrás de Alex apareció un enorme pomelo que le sacudió la cabeza con una palanca. Alex cayó al suelo y perdió el oremus. Tres horas más tarde retomaba el conocimiento viéndose sobre un sucio colchón y atado de manos a unos oxidados barrotes. Frente a él, la dulce limona fumaba un cigarrillo y un enorme pomelo afilaba unos cuchillos. –Te voy a pelar enterito… en forma de divertidas filigranas…- Dijo el tipo sonriendo. –Cariño, no te pongas agresivo antes de tiempo…- Dijo la cítrica mujer agarrándo de la ramita al pomelo. El pomelo se levantó mirando con desprecio a Alex. Alex gritó. Alex no sabía que era en vano. Murió aquella noche para saciar la sed de zumo de aquella pareja. Solo quedaron de él sus pepitas. El resto, en un congelador y en un pastel de limón. Esa es la tragedia del limón dulce. Esa es la tragedia de todos ellos. Cientos de limones dulces mueren cada año víctimas de anuncios falsos que cuelgan algunos limones en los diarios con el único fin de exprimirlos. Si alguna vez te encuentras un limón dulce por favor, no lo utilices. ¿Qué cómo saber que es dulce sin ni siquiera probarlo? Se le nota en la mirada…

2 comentarios:

Silvia dijo...

Los limones dulces tienen una mirada especial. Los limones dulces son aquellos de mirada tierna, penetrante, de las que te llegan hasta el fondo del alma. Son esas miradas que hacen que por un instante el mundo se pare, pueden atraparte e incluso hacerte perder la cabeza.
Pero realmente descubrirás si un limón es dulce si te invita a cenar y acabas cocinando tu para él cuando tu ni siquiera querías una cita. Es la prueba infalible, lo difícil, llegados a este punto, es resistir a la tentación y no probarlo ¿lo conseguirás?

Ury dijo...

No, no lo conseguiré...